PÁGINA PRINICIPAL DE SHYRA
Shyra Gosurreta Gravina
 

 

 

Google

 

 


 

UN CUENTO DE

MEMORIAS DE
UNA BRUJA II
HISTORIAS DE LA VIDA REAL

Ludy Mellt Sekher©
Editorial LMS©
©CASTILLO SEKHER
©LUDY MELLT SEKHER
ISBN 13961-713-12-5 M


Capítulo 5. EL SANTO.



“El amor más fuerte y más puro
no es el que sube desde la impresión,
sino el que desciende desde la admiración”.
Santa Catalina de Siena



En el amplio correr de mi larga existencia por este planeta, he estudiado, investigado, profundizado, escudriñado, iniciado, ejercitado y adiestrado, aquí y en varias partes del mundo, todo paradigma de magias, enigmas, espiritismo, ocultismo, religiones, cultos, filosofía, metafísica, parapsicología, mentalismo, terapias alternativas, y he experimentado todo género de experiencias místicas y religiosas, pero...
Hubo un hecho, el más prodigioso y milagroso advenimiento, que marcó un hito espiritual en mi vida, corrigió mis estructuras vitales y me orientó en el sendero de la gran iluminación de mi mente, en la inspiración de mi misión, y en el cambio místico de mi trabajo. ¡Juré narrarlo, y cumplo! No sé si tendré palabras para hacerlo.
Hace veinticinco años que tuve esa vivencia extraordinaria. Me había retirado de noche al jardín, para practicar mi diaria meditación, antes de irme a la cama. Rápidamente entré en la relajación. En el momento en que permanecía en profunda meditación, inicié, como siempre, mi vuelo habitual.
Mi cuerpo astral vagaba y vagaba por el cielo, cada vez más arriba; traspasé las nubes, más y más lejos. Llegué a los confines del Universo, todo el infinito era mío. Mi mente, alma y cuerpo astral planeaban dentro de una perfección inigualable, entre lunas, estrellas y el pacífico respirar del viento, tibio y suave. ¡Cuánta belleza!
De súbito, el panorama se transformó ante mí. Surgió otro escenario nítidamente claro, y distinto por completo al que visitaba con asiduidad.
Era un gigantesco campo de trigo dorado alrededor mío, e infinito hacia adelante, ondulado por la apacible brisa como un mar de hermosos reflejos brillantes. Observé que no había vacíos, yo flotaba parada sobre el trigo que acariciaba mis piernas. Ya no era el Universo con sus lunas y estrellas.
Recapacité: debía estar alucinando; traté de venir a mi cuerpo físico y no pude, una fuerza incomparablemente majestuosa me retenía en ese campo. Miré hasta donde me alcanzaba la vista: por abajo el trigo dorado y arriba un cielo celeste luminoso y diáfano. Creí que había entrado en otra dimensión; no obstante me extasié, inmóvil, ante tanta majestuosidad.
¡De pronto se acercó alguien desde el horizonte! Se aproximaba hacia mí una figura que caminaba por esa campiña flameante como si flotara. Quedé conmovida viviendo dentro de todo mi ser un enternecimiento de arrobo y devoción. ¿De dónde venía ese sentimiento?
Era un hombre vestido de larga túnica negra; yo estaba paralizada por el asombro, aunque me embargaba una ola de amor y beatitud indescriptible.
Cuando llegó a unos tres metros de mí, lo vi claramente. Era un sacerdote. Traía un enorme atado de espigas entre sus brazos, que casi no le alcanzaban para sostenerlo.
Vi nítidamente su rostro, de enormes ojos negros, cejas negras en suaves curvas, bigote, barba y cabello también negro, y su cuerpo rodeado por un halo de luz resplandeciente. Toda su imagen semejaba una pintura, un sueño, algo quimérico.
Permanecí suspendida y maravillada ante esa visión. ¡Nunca olvidaré su rostro de ángel, y sus manos perfectas y delicadas!
En el preciso instante en que estuvo ante mí, todo el espectáculo cambió: con el brillo de su aureola, el trigo rutiló con un fulgor excepcional brillando incandescentemente, y los rayos de luz que me iluminaban desde él produjeron en mi alma un memorable sobrecogimiento de éxtasis, devoción y amor como jamás había experimentado. Volví a pensar que estaba soñando.
Repentinamente me habló:
—¡Te las traigo para que las siembres, las coseches, y las repartas!
Aquello tan glorioso fue excesivo para mí. Quedé muda. No sentía más que adoración y veneración; cuando pude hablar, me costó un esfuerzo heroico soltar las palabras de mi boca.
—¿Yo?... ¿qué?... ¿qué tengo que hacer?...
—¡Que las siembres,... las coseches,... y las repartas!... —repitió lenta y pausadamente, con una voz dulce y angelical, a fin de que yo entendiera bien lo que me decía.
Casi mudamente me salió un “¡Sí!” desde el alma. Ese momento irrepetible me dejó una reminiscencia de fervor e idolatría. Sé que caí de rodillas sobre el trigo, que me sostenía como si fuera una alfombra encantada.
De improviso desapareció, se desdibujó él y todo su campo de trigo. Y otra vez apareció el firmamento, con sus estrellas y sus lunas. Ya no me parecía tan hermoso frente a lo que acababa de ver.
Permanecí un tiempo planeando en el aire, buscando insistentemente, tratando de encontrarlo. Quería volver a verlo. Pero por más esfuerzos que hice, no lo logré.
Enteramente conmovida ante este episodio que había visto y vivido de un modo incomparable, me volví a mí misma y, sin desearlo, viajé de regreso hacia mi cuerpo y di por terminada la meditación. Me quedé un largo rato sentada en el jardín. La luna me miraba sonriente y esplendorosa, los grillos cantaban de modo magistral, no se movía una hoja de mis queridos árboles. Observé todo el entorno. Las flores y las plantas, mágicamente iluminadas, parecían sonreírme. A mi costado derecho el agua de la piscina tenía otra luna que asemejaba bañarse en ella. “Debo estar alucinando”.
Bullía el amor dentro de mi alma, mi pecho galopaba cantando: ¡Gloria! ¡Gloria! ¡Gloria!
Me levanté lenta y sigilosamente, como si alguien me hubiera visto en algo imposible de creer, y entré para la casa, embelesada.
Sentía una emoción de paz milagrosa, tenía una embriaguez en todos mis sentidos, el corazón me latía con violencia. Procuré tranquilizarme, pero al mismo tiempo no podía analizar fríamente los hechos. Di vueltas y vueltas por toda la casa meditando lo ocurrido.
Lógicamente, esa aparición era la de un Santo. Su ropa era de sacerdote tipo obispo. No obstante, yo no lo conocía, no lo había visto nunca. Quería permanecer eternamente en aquella escena. Al fin decidí ir a acostarme. Me costó mucho dormirme.
A pesar de mi estado, la fatiga me venció. Al dormir, volvió a repetirse en sueños la visión, exactamente igual; ahora le veía más claramente el rostro, era bellísimo, y cada vez se acercaba más y más.
De pronto, me despertó el suave movimiento de alguien que se había sentado en el borde de mi cama, abrí los ojos, quise incorporarme y fue imposible por la impresión, era...
¡Él!
No pude moverme de la conmoción, pero no tenía miedo; al contrario, era una sensación... ¡Oh, Dios, un sentimiento de Amor tan Grande, tan Sublime, tan Excelso, tan Celestial, tan Inmaculado, tan Beatífico !... como nunca lo había vivido, y que no lo podría explicar.
Todo a mi alrededor se iluminó con una luz dorada que me bañó por entero; me invadió una armonía majestuosa, un amor santo, una lluvia bienaventurada, una paz extraordinaria, y su mano angelical, fresca, diáfana y mansa, se posó sobre mi frente. ¡Quise morir ahí mismo, en ese instante! Irme con él a donde quisiera llevarme. ¡Estaba despierta! ¡Era real!
Levemente se fue esfumando. Cuando la luminosidad desapareció, me mantuve mucho rato con el pensamiento ataviado en aquella luz dorada. Miré a mi esposo, que dormía con placidez, y agradecí a Dios por mi perfecta familia. Me levanté y recorrí los dormitorios de mis hijos, los bendije a todos, me sentía iluminada, bendecida, favorecida o algo así. Decidí tratar de dormir, y cuando el sueño al fin llegó, fue muy profundo y reparador.
Al otro día, trabajé con la impresión de que vivía en otro mundo. No lograba quitar al santo de mi mente, ni podía tampoco concentrarme, tanto era y tan infinito el amor que sentía, que me resultaba imposible. Cuando me hablaban, las palabras me llegaban desde lejos, porque yo parecía estar en otro sitio; guardaba en mi mente todas las imágenes vividas la noche anterior, y no podía apartarlas; incluso sentí que estaba traicionando a mi esposo.
Mis mejores videncias las dije ese día, y muy impactada, porque no parecía ser yo la que hablaba. Trabajé como si no fuera la misma de siempre.
Los días siguientes continué ensimismada con el asunto, intentando descifrarlo, pero no le encontraba explicación. Naturalmente, yo razonaba y sabía que aquello encerraba un “mensaje”, que no era casualidad ni alucinación.
Poco tiempo después, me visitó una muchacha muy católica, que conocía mucho de Santos, y yo, sin dejarla hablar, le pregunté en cuanto entró:
—¡Vos tenés que saber! ¿Que será soñar con un cura?, un cura de frente, ¿amor presente , como dicen?...
—¿Por qué? ¿Soñaste con eso?
—¡Sí! —no quise decirle que lo había visto en la meditación, porque ella no entendía nada del tema.
—¿Cómo fue el sueño?
Se lo conté. En seguida, exaltada, me respondió:
—¡San Cayetano! ¡Soñaste con San Cayetano! Ni más ni menos que... ¡el Padre de la Providencia!, el que te protege siempre; si estás por caer en un pozo, a último momento él te levanta; el del pan, del trabajo, del techo, de la plata... ¡Qué divino!
¿Y cómo puedo conseguirlo? ¿En que Iglesia está?
—Creo que hay una Iglesia de él, pero seguro lo encontrás en la Capilla del Maciel. Estampitas podés conseguir por todos lados.
Mañana mismo salgo a buscarlo.
No quise seguir hablando del tema para no robarle su tiempo, y fui directo al grano en lo que ella necesitaba.
Al otro día comencé a buscar al santo y lo encontré. Su pintura lo mostraba castaño, no era morocho como yo lo había visto. “Bueno, cada cual lo pinta como quiere”, pensé. Tenía al niño Jesús en los brazos y... ¡un ramo de Espigas de Trigo!
Compré toda clase de láminas y estatuas del Santo, y también un balde lleno de espigas de trigo. Luego repartí ramitos de trigo con una estampita suya entre mis clientes y amigos. Me preguntaban para qué las entregaba, y yo respondía que era para la suerte. Y así fue: a todo aquel que creyó y tiene fe en él, jamás lo abandonará.
¡Sembré, Coseché y Repartí la fe en San Cayetano!
Aquello inigualable, sublime, inmortal... en suma, inefable, fue la llegada de algo imprescindible en mi vida, ineludible, como “mi primer amor”.
Y en efecto lo fue... ¡El Amor Divino!*... experimentado por primera vez.
Investigué todas las formas posibles de comunicación con el Santo, a través de varios canales, pero no logré revivir el encuentro inicial.
Tan grandes fueron las manifestaciones que tuve, que no bastaría un solo libro para relatar los milagros que ha hecho, tanto en mi vida como en la de muchos por los cuales le pedí que intercediera para solucionar sus problemas.
Hubo momentos en que veía que ningún trabajo de magia de ninguna clase podía arreglar determinado asunto, y cuando ya no me quedaban más alternativas, conversaba con él al acostarme:
San Cayetanito, ¿qué te cuesta un milagrito?, hacé que Fulanita arregle este problema... —y continuaba mi diálogo hasta dormirme.
¡Increíble!... ¡al otro día el problema estaba solucionado!
A partir de ese momento, trascendental en mi vida, debo confesar que hice lo que bauticé mi “Religión Universal”.
He llegado a la conclusión de que todas las religiones nos conducen por distintos caminos al mismo Dios, llamado con distintos nombres. Todas concluyen en el mismo “Punto” de Partida: el “Uno”, el “Supremo”, el “Cosmos”, el “Verbo”, el “Todopoderoso”, el “Kether”*, el “Yo Soy”, etc., etc., etc.
Sin embargo, mi amor por San Cayetano fue mucho más allá de los confines del Universo.






¡ESPÉRAME!

Estoy haciendo mi ajuar,
de tenues y dulces albos velos,
que ondulan entre las nubes,
y de estrellas se inunda.
Estoy tejiendo mi traje de novia,
de luces mil y suave rumor,
para llegar a ti al nacer
al próximo siglo de mi vivir.
Me estoy purificando por dentro
y por fuera, para llegar a ti;
que me esperas en el templo celestial.
Y estoy soñando con ese día,
incógnito, y sin saber cuál,
y preparo mi traje de novia
¡Para llegar al altar!...
¡Mas no sé... cómo lo hago!...
¡Ni sé si allí llegará!... porque este
traje de novia, en mi féretro
¡Mi mortaja será!




* Amor Divino = véase “El Arte de Amar” de Erich Fromm.
* “Kether”= véase “La Cábala Mística” de Dion Fortune.

Extracto del libro "San Cayetano"

I.S.B.N. 1.345.516-15-6B
©Ludy Mellt Sekher
©Editorial LMS

Se encuentra también en:
Memorias de una Bruja II
I.S.B.N.  9974.633.01.X
©Ludy Mellt Sekher
©Yoea Editorial
Memorias de una Bruja 2


VEA SAN CAYETANO


CUENTO ANTERIOR

 


 

 


Visita mis otras páginas:

LA QUEEN WEB

Catedral de Poesía y Pintura

CARICIAS AL ALMA DE LUDY MELLT SEKHER

Instituto Multidisciplinario de Investigación  Psíquica y Parapsicológica

Todas estas páginas con la ayuda de:

Diseño y hospedaje de sitios web, desarrollo de software,registro de dominios, foros, libros, contadores, y todo lo que necesita para su sitio web

 

Gráficos de Ludy Mellt Sekher ©

Volver a la página principal

Principal Presentación Biografía Astrología
Kabalá Alquimia Ocultismo Religiones
Parapsicología Numerología Meditaciones Metafísica
Radioestesia Angeología Psicocibernética Magia Egipcia
Bioinformación Cromoterapia Yoga Tarot Egipcio
Aromoterapia Biblioteca Digitopuntura Biorritmo
Hipnosis Naturalismo Bioenergética Poesía Mística
Postales Tus Premios Mis Premios Enlaces
Anillos Regalos Cuentos Animales
Pintura Mística Artículos Egipto Tarot en línea
Zodíaco Egipcio Kirliangrafía Horoscopo Autodefensa
MiguelArcángel Yemanyá Santos Patronos San Cayetano
Membresía Copyright Foro Libro

Email de Shyra
e-m@il